Y tú, ¿eres capaz de desconectar un minuto?

¿Eres capaz de desconectar 1 minuto?

Quiero hablaros de lo que me ocurrió el otro día, en un concierto. Lo cierto es que no me importaba, tan solo acompañaba a un amigo, y ni tan siquiera sabía cómo se llamaba el grupo o qué tipo de música sería la que tocarían. Lo único que perseguía era hacerle un favor a alguien con el que tengo una relación basada en un contrato social y, con suerte, evadirme un poco de la rutina diaria que nos afecta a todos pero que nos aporta una seguridad que muy pocas veces nos atrevemos a abandonar.

La ocasión no era ni mucho menos especial y no tenía intención de vestirme de una forma concreta pero, por lo que me comentó mi amigo, había que llevar ropa oscura, directriz que decidí seguir sin mayor problema. Cogí el tren y llegué al lugar donde habíamos quedado cinco minutos antes de la hora acordada (una costumbre derivada de mi puntualidad extrema) y, como era de esperar, no estaba allí. Esperé pacientemente veinte minutos más y, entonces, decidí mirar mi móvil: un imprevisto impedía a la persona con la que había quedado y mayor interesada en el evento acudir al mismo.

Decisión

 

En ese momento pensé: no voy a volver a malgastar otros 45 minutos de transporte público, voy a entrar. Me dirigí hacia el lugar donde comprobaban que tu entrada fuese correcta solo pero con determinación. Algunas personas reparaban en que estaba solo y cuchicheaban (o quizás tan solo era fruto de una paranoia infundada) pero me daba igual: tenía intención de aprovechar ese dinero ¿bien? invertido y, aunque la experiencia resultase nefasta, le restregaría a mi amigo que se había perdido algo único.

Mi entrada me permitía estar en la zona donde todo el mundo está obligado a saltar constantemente y a acabar con un dolor de pies de dos días de duración pero no me importaba: en mi cabeza tan solo estaba la idea de vivir aquello.

Sensaciones

 

Al principio me sentí incómodo: era música electrónica y las voces que sonaban estaban claramente distorsionadas y, seguramente, serían totalmente ajenas a las originales. ¿Dos horas aquí metido, como si estuviese en hora punta en el tren y con este castigo a mis oídos? Me largo de aquí. Sin embargo, cuando me fui a dar la vuelta una persona me tocó repetidas veces el hombro mientras saltaba, en una actitud que me invitaba a hacer lo mismo y, como no soy descortés, decidí seguirle la corriente durante un rato.

Lo que no me esperaba es que, de pronto, aquello que tan solo podría definir como “dejarse llevar” empezaba a gustarme. La música ya no era contaminación acústica sino un regalo que entraba a través de mis oídos y empezaba a recorrer todo mi cuerpo, invadiéndome como un dulce virus que activaba todos mis sentidos de una manera que no podría describir. Las personas a mi alrededor ya no eran individuos sueltos que ocupaban de forma aleatoria un espacio sino partes conectadas de un mismo organismo vivo que se movían al unísono y que eran estimuladas por una hipnótica melodía.

Poco a poco me fui fundiendo con la música, con el resto de personas, con el suelo, con el escenario… con todos y cada uno de los elementos que estaban a mi alcance, no importaba si fuese de mi mano o de mis ojos. Luego, noté que algo se deslizaba por mi brazo y eso mismo se multiplicó por mil, dos mil, un millón… No lo sabía y no me importaba porque, cuando miré al cielo y vi una lluvia de confeti que se fusionaba con el público, supuso la culminación de que yo había abandonado este mundo durante un minuto, un valioso minuto que me hizo sentir que yo ya no existía y que estaba en un nuevo plano dimensional.

Desconexión

 

Paulatinamente fui volviendo a donde estaba: la gente volvía a estar a mi alrededor, el confeti había teñido el suelo de un nuevo color (y, por supuesto, ya no volaba), la canción había cambiado y aquel que me había invitado a saltar ahora tan solo agitaba los brazos. Pero, durante un minuto, yo no estuve aquí y nada importaba, durante un minuto había experimentado una sensación que no puedo explicar pero que estuvo bañada en una inmensa felicidad.

Fui a un sitio con la intención de hacer una pantomima y luego explicar a un amigo una historia muy diferente pero salí de allí con un regalo increíble y que, dicho de forma llana y sin trasfondo, no tendría ningún sentido: un simple minuto.

 

Y tú, ¿eres capaz de desconectar un minuto?

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